No quiero que la vida me enseñe a superar los duelos de la muerte, no quiero que con cada fallecimiento venga un arrepentimiento y sienta un despropósito atorado en la garganta. Quiero, y así será, que de estas dos llamas extintas muchos aprendamos a reencontrar en los demás las raíces que la falta de tiempo nos hace olvidar.
Hace un año y unos meses (octubre del 2011) me encontraba en una tarde muy lluviosa saliendo con mi padre del portal a un destino lamentable: Mi primo David Alejandro, fuente de alegría para mis tíos y toda la familia por ser la imagen de cada uno de nosotros, falleció por cáncer en el cerebro, y estábamos a pocos minutos del sitio donde lo velarían y posteriormente enterrarían.